Me
maravilla pensar en el perfecto plan de Dios, que ha establecido que
un hombre y una mujer se unan en un pacto de amor permanente, para bendecirles
y darles una generación dichosa.
Me siento muy privilegiado
porque él me ha concedido una hermosa familia con hijos y nietos respetuosos
de Dios y de sus padres, que es nuestro mayor tesoro.
Cumplimos ya cincuenta
años disfrutando el vivir juntos y recordando el feliz momento cuando
dedicamos nuestras vidas, prometiendo querernos y cuidarnos en tiempos
de salud y enfermedad, en la prosperidad o en la adversidad, hasta que
la muerte nos separe. Allí, frente al altar y en presencia del Señor,
invitamos a Cristo a nuestro hogar, él es quien nos controla viviendo
en nosotros y con nosotros. (Salmo 127:1). Aunque tenemos diferentes
temperamentos y personalidades, nos complementamos en armonía, ayudándonos
y perdonándonos mutuamente. Nuestra unión no es tan sólo sentimental
y física sino también espiritual. Es primordial observar este
principio de unidad para una comunión perfecta -una misma fe, un mismo
Dios y padre de todos, de quien recibimos toda gracia- de lo contrario
las divergencias traen desdicha a la familia.
Antes de escoger la compañera,
pedimos la guía y aprobación del Señor, en esta tan importante y delicada
decisión, y él nos respondió fielmente como dice en su palabra:
"Clama a mí y yo te responderé y te enseñaré cosas grandes y
ocultas (notables secretos) que tú desconoces"
(Jeremías 33:2)
Para mantener la familia
unida, practicamos el culto familiar, es decir, dedicamos tiempo cada
día, leyendo y meditando juntos en la palabra de Dios, con ayuda de
comentarios y devociones que nos hacen reflexionar y entender lo leído.
Luego oramos hablando con Dios, llevándole nuestras preocupaciones y
cargas, como a un amigo que nos escucha. Llevamos a su trono majestuoso
nuestras alabanzas y gratitud, y pedimos bendición sobre nuestro hogar
y cada uno de nuestros hijos, nietos y seres queridos. Esto nos renueva
y fortalece, así como el ejercicio físico es beneficioso para quien
lo practica con asiduidad. Las enseñanzas que recibimos nos deben llevar
a una respuesta activa y de adoración para que nuestra vida cristiana
sea fructífera, así como la planta se nutre con la savia desde su raíz.
dice el Apóstol Santiago que aquel que escucha
la palabra pero no es hacedor de ella es semejante a un hombre que mira
en un espejo su rostro natural, porque él se considera a sí mismo, se
va y luego olvida cómo era. Realmente tenemos en la vida un espejo
que nos habla y nos dice toda la verdad sobre nosotros mismos y nuestra
relación con Dios y nuestros semejantes, pero sucede que en el diario
vivir, surgen cosas imprevistas que nos acarrean nerviosismo, tensiones
e intolerancia. En esos casos Dios está
para ayudar a controlarnos; sólo él puede y también
controla las situaciones problemáticas, si confiamos en él. Es muy importante
no permitir que nuestras palabras y pensamientos caigan en un círculo
vicioso, y en ilusiones que crean falsas esperanzas y se desvanecen
a la luz de las realidades de la vida. Viene bien la exhortación del
apóstol Pablo en su carta a los filipenses: "Centren ustedes
el pensamiento en lo que es verdadero, noble y justo. Piensen en lo
que es puro, amable y honorable, y en las virtudes de los demás".
¡Cuán felices se vuelven nuestras relaciones
en la familia cuando cada uno confía y respeta al otro, cuando sabe
que es valorado en lo que hace, en las grandes y pequeñas cosas, porque
lo hace con cariño!, cuando los hijos reciben aprobación
en lo bueno y en lo malo son corregidos sin ira ni provocaciones, cuando
el esposo alaba a la esposa por lo bien que administra su casa, y ella
lo admira por su empeño y dedicación por el bienestar de todos. Al proceder
así, el hombre de la casa es honrado, y la mujer dignificada, tal como
Dios lo aprueba.
Dice el libro de Proverbios
acerca de la mujer virtuosa, que su marido y sus hijos la bendicen.
Él la alaba diciendo: "Muchas mujeres excelentes hay en el
mundo, pero tú eres la mejor de todas". Dios ordena a los
esposos amar a su esposa, así como Cristo amó a la Iglesia y se
entregó a sí mismo por ella, es decir, con un amor autoentregante. A
ella le ordena obedecer a su esposo, así como al Señor. Cristo es la
cabeza del esposo como autoridad suprema y señor de la familia. A su
vez el esposo es la cabeza de la mujer, y también es la autoridad sobre
los hijos pero debe educarlos con la disciplina y sabiduría de Dios,
sin provocarlos a ira. A los hijos ordena obedecer en el Señor a sus
padres, porque esto es justo: "Honra a tu padre y a tu madre,
que es el primer mandamiento con promesa". Por este motivo
tenía un lugar importante en la ley de Moisés (Éxodo 20:12).
Es destacable que hoy
día la tendencia de la mayoría de los padres es darle libertad a los
adolescentes y jóvenes para que se formen solos en su ambiente, de tal
forma que ya desde la edad temprana corren el riesgo de creerse libres
de toda responsabilidad u obligación hacia sus padres. Fácilmente menosprecian
sus opiniones diciendo que no están al día o no han evolucionado, y
por consiguiente, de esta familiaridad fuera de lugar, pronto se pasa
a la discusión. Por otra parte, la Biblia ya advertía que vendrían tiempos
peligrosos porque la gente amará sólo el dinero y a sí mismo, gente
orgullosa y jactanciosa, blasfemos, desobedientes a sus padres e impíos
(2º Timoteo 3:1-2).
Los jóvenes cristianos
deben cuidar de no alejarse del camino del Señor; él les indica claramente
su primer deber, el primordial y constante servicio al maestro dando
testimonio, eso es honrar a su padre y a su madre. "Acuérdate
de tu creador en los días de tu juventud, antes de que vengan los días
malos, y lleguen los años de los cuales digas: no tengo en ellos contentamiento".
(Eclesiastés 12:1). Se ha notado de un modo general, que quienes
han desempeñado un papel útil en la sociedad y entre sus semejantes,
son aquellos que han honrado a sus padres.
Adelante,
pues "Los que esperan al Señor, tendrán nuevas fuerzas, levantarán
alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se
fatigarán". (Isaías 40:31). Asumamos como padres la responsabilidad
por la disciplina de nuestros hijos de acuerdo a la palabra de Dios
y así tendremos su aprobación y bendición, de lo contrario, habremos
fracasado, bajo el peligro de incurrir en su ira. Esto sucedió a un
anciano sacerdote en el pasado en Israel. Sus dos hijos ejercían el
sacerdocio de forma inmoral y corrupta, y teniendo el padre conocimiento
de los hechos, fue acusado por Dios de haber sido demasiado blando frente
a la gravedad de sus delitos ante Dios (1ª Samuel 2:22-35). Así
ambos murieron el mismo día y el padre al recibir tan nefasta noticia,
falleció también.
Las familias hoy día
están en continuo conflicto bajo diversas circunstancias y se hace cada
vez más difícil observar los principios cristianos. Pero debemos estar
alertas y luchar por el bien. La Biblia dice: "Sed sobrios
y velad, porque vuestro adversario el diablo anda alrededor buscando
a quien devorar, al cual resistid firmes en la fe". (1ª
Pedro 5:8-9).
Se tildan de anticuadas
las viejas reglas de nuestros mayores; los conceptos de familia están
trastocados; la honestidad y la moral se degradan como consecuencia
de la soberbia y la arrogancia de ignorar a Dios y sus preceptos. No
erremos pues todo lo que el hombre sembrare, eso mismo segará.
Para obtener una buena
cosecha, se debe trabajar primero y hay que afrontar muchas adversidades.
Me acuerdo de mis padres, cómo siendo inmigrantes en este bendito país,
se esforzaban para que nosotros cinco, cuatro varones y una hija, aprendiéramos
a ser disciplinados en nuestros hábitos de trabajo. Vigilaban nuestras
amistades, nos cuidaban de que no asistiéramos a lugares inconvenientes
y se esforzaban mucho en llevarnos a la Iglesia, y que integráramos
la comunidad cristiana. Muchas veces caminábamos todos, desde la Unión
hasta la Iglesia Evangélica de la calle Lima, gastando la suela de los
zapatos, para ahorrar el tranvía y llegar al sitio de reunión. Como
adolescentes nos gustaba más dormir, ir al campito a jugar fútbol o
leer historietas en lugar de la Biblia, pero ellos se ponían firmes,
plenamente convencidos que si el árbol no se endereza cuando tierno,
ya no se podrá corregir.
Cuando yo mismo llegué
a ser padre, valoré mucho la crianza que recibí y traté de repetir el
mismo modelo con mi propia familia. No comprendo cómo la mayoría de
los padres permiten y hasta estimulan a sus hijos adolescentes a asistir
a los boliches y acostumbrarse a ciertos vicios a los cuales no dan
importancia, pero luego las consecuencias son nefastas.
Es hora de que reflexionemos:
"Del mismo modo que los campos, si se los deja sin cultivo,
se cubren de zarzas y malezas, así, cuando se descuida la práctica de
la religión, vuelven a brotar los vicios de nuestra naturaleza"
(San Valeriano de Laerins, Homilía 17).
Todo lo que hemos considerado
en cuanto a la vida cristiana familiar, la enseñanza, disciplina, autoridad,
responsabilidad, y la vida de adoración a Dios, están basados en la
esperanza de la fe.
Mientras estamos en esta
vida seamos fieles y obedezcamos las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo.
Así, en el final de nuestra vida en la tierra, podremos decir como el
apóstol Pablo: "He peleado la buena batalla, he acabado la
carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona
de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día, y no
sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida".
(2ª Timoteo 4:7-8).
Que así sea.
Copiado
con permiso del libro "Desde mi convalecencia"
Escrito por Miguel Chamyan Constatian.