Sin
duda el hogar es el ámbito donde se construye, se moldea,
se forma el carácter de sus integrantes, o se destruye, se desfigura,
se anula. Es allí donde se nos presentan los primeros “MODELOS
A IMITAR”, donde aprendemos todo lo mejor, o todo lo peor
que ofrece la vida.
Alguien ha dicho:

Esta
frase, publicada en un periódico, denuncia uno de los
graves problemas que afrontan los jóvenes hoy: La falta de buenos
modelos a imitar.
Porque
los niños crecen imitando los modelos
que les ofrecen sus mayores. Especialmente en el hogar, ellos absorben
como esponjas cada modelo transmitido cotidianamente dentro de la
familia.
¿QUE ESTAMOS ENSEÑANDO
EN NUESTROS HOGARES?
¿QUE
VALORES ESTAMOS TRANSMITIENDO EN NUESTRAS FAMILIAS?
Cada día
los padres estamos dando lecciones de vida a nuestros hijos.
En tiempos
de crisis como los que nos ha tocado vivir, estamos enseñando
con nuestro ejemplo, más que con nuestras palabras, si las crisis
se afrontan con temor, ansiedad, preocupación constante, depresión,
o con serenidad, valor, esperanza y fe. Estamos enseñando si
los conflictos se resuelven a gritos, con insultos y hasta golpes,
o buscando la armonía familiar en un diálogo reconciliador.
Nuestros
ejemplos de vida son decisivos en la formación de
la personalidad de nuestros hijos. Dios da a la pareja cristiana la
responsabilidad de inculcar en sus hijos desde su más temprana
edad los valores fundamentales que los guiarán por el camino
de la vida.
El hombre
más sabio del mundo escribió:
“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere
viejo no se apartará de él”. (Proverbios 22:6)
Dios promete
que una buena enseñanza en el hogar, avalada por
un ejemplo de vida íntegra, dejará profundas huellas
sobre las que nuestros hijos puedan pisar seguros.
San
Pablo declaró: “Sed imitadores de mí, así como
yo de Cristo”. (1ª Cor.11:1) ¿NOS ATREVEMOS A
DECIR LO MISMO A NUESTROS HIJOS?
Gladys D. de Chadarevian