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(2ª Parte)

En la entrega anterior, conté cómo mi hijo, a los 3 años de edad fue diagnosticado como "autista" y lo que ello significó en la vida de nuestra familia...

(Si quieres conocer la primera parte de este testimonio, haz click en el vínculo aquí => 1ª parte. )

Gracias a Dios conocimos otro Colegio normal donde nuestro hijo cursó Preescolar y todo el ciclo de Educación Primaria en carácter de Integración. Allí encontramos un grupo humano muy solidario, maestros y alumnos que no sólo aceptaron a nuestro hijo con total naturalidad, sino que aprendieron a quererlo y a entenderlo. Sus propios compañeros de clase lo estimulaban y ayudaban en las tareas escolares; en los paseos cuidaban de él y se preocupaban de su bienestar.

Pero no sólo el Colegio contribuyó a su integración y madurez. El llevarlo a la Iglesia desde bebé sin duda lo favoreció muchísimo: siendo un niño que difícilmente podía mantenerse quieto y callado, era en los bancos de la Iglesia donde más tiempo permanecía sentado y en silencio. Hojeando los himnarios durante las reuniones aprendió las verdades de la Biblia, además de lo que los maestros le enseñaban. A los 12 años de edad manifestó su fe escribiendo en una hoja de deberes : “Jesús es mi Salvador”.

Pasaron los años, terminó la Educación Primaria y obtuvo su pase para el Liceo.

Mientras tanto, con gran esfuerzo yo terminé mi carrera universitaria. Dos meses después ya tenía un trabajo.

Hoy nuestro hijo es un adolescente. Llevamos más de diez años de tratamientos y hemos visto muchos resultados positivos. Pero aún seguimos en esta lucha. Sabemos que la enfermedad por ahora no tiene cura, pero sí puede tener un alto grado de recuperación.

Por momentos, como madre, me asaltan sentimientos de tristeza al ver mi impotencia para ayudarlo a sentirse bien y a estar bien. Pero en esos momentos,

“Dios es el que me ciñe de fuerza, y quien despeja mi camino” (2º Samuel 22:33).

Si miro para atrás reconozco que el momento en que comencé a salir adelante fue cuando pude aceptar la situación que me tocó vivir y dejé de rebelarme contra Dios.

Me encantaría poder decir que mi hijo está curado, pero no sería la verdad. Mi hijo sigue siendo autista, pero ahora lo llaman “autista de alto funcionamiento”.

Por eso quiero decirte que si tienes un hijo con discapacidad, cualquiera que ésta sea, tengas en cuenta estos consejos:  

Reconoce que esta es la realidad que te ha tocado vivir. Algunas madres tienen que lidiar toda su vida con problemas de salud en sus hijos, que requieren tratamientos y medicación continua. A ti te ha tocado lidiar con una discapacidad.

Busca ayuda profesional para tu hijo (algunas de estas ayudas pueden obtenerse en forma gratuita).

Una vez que empieces un tratamiento no lo abandones. Los logros son “de hormiga” pero valen la pena.

Demuéstrale a tu hijo que lo amas y díselo con frecuencia, como lo harías con un hijo normal.

No te avergüences de tu hijo ni lo escondas de la gente. De nosotros (los padres) depende también que los demás los acepten y aprendan a convivir con ellos.

Busca formas de “desenchufarte” de vez en cuando: pide ayuda a familiares, busca espacios para ti sola como hacer gimnasia, deporte ó salir con una amiga.

Confía en que esta discapacidad no escapa al control de Dios. Si él lo permitió, te dará las fuerzas para enfrentarlo siempre que tú se lo pidas.

 

Cra. Yudit Ch. de Terzian

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