Gracias
a Dios conocimos otro Colegio normal donde nuestro hijo cursó Preescolar
y todo el ciclo de Educación Primaria en carácter de
Integración. Allí encontramos un grupo humano muy solidario,
maestros y alumnos que no sólo aceptaron a nuestro hijo
con total naturalidad, sino que aprendieron a quererlo y a entenderlo.
Sus propios compañeros de clase lo estimulaban y ayudaban en
las tareas escolares; en los paseos cuidaban de él y se
preocupaban de su bienestar.
Pero
no sólo el Colegio contribuyó a su integración
y madurez. El llevarlo a la Iglesia
desde bebé sin duda lo favoreció muchísimo: siendo
un niño que difícilmente podía mantenerse
quieto y callado, era en los bancos de la Iglesia donde más
tiempo permanecía sentado y en silencio. Hojeando los himnarios
durante las reuniones aprendió las verdades de la Biblia,
además
de lo que los maestros le enseñaban. A los 12 años
de edad manifestó su fe escribiendo en una hoja de deberes : “Jesús
es mi Salvador”.
Pasaron
los años, terminó la Educación
Primaria y obtuvo su pase para el Liceo.
Mientras
tanto, con gran esfuerzo yo terminé mi carrera universitaria.
Dos meses después ya tenía un trabajo.
Hoy
nuestro hijo es un adolescente. Llevamos más de diez años
de tratamientos y hemos visto muchos resultados positivos. Pero aún
seguimos en esta lucha. Sabemos que la enfermedad por ahora no tiene
cura, pero sí puede tener un alto grado de recuperación.
Por momentos, como madre, me asaltan sentimientos de tristeza al ver
mi impotencia para ayudarlo a sentirse bien y a estar bien. Pero en
esos momentos,
“Dios es el que me ciñe de fuerza, y quien despeja
mi camino” (2º Samuel 22:33).
Si
miro para atrás reconozco que el momento en que
comencé a salir adelante fue cuando pude aceptar la situación
que me tocó vivir y dejé de rebelarme contra Dios.
Me encantaría poder decir que mi hijo está curado, pero
no sería la verdad. Mi hijo sigue siendo autista, pero ahora
lo llaman “autista de alto funcionamiento”.
Por
eso quiero decirte que si tienes un hijo con discapacidad, cualquiera
que ésta sea, tengas en cuenta estos consejos:
Reconoce
que esta es la realidad que te ha tocado vivir. Algunas
madres tienen que lidiar toda su vida con problemas de salud en
sus hijos, que requieren tratamientos y medicación
continua. A ti te ha tocado lidiar con una discapacidad.
Busca
ayuda profesional para tu hijo (algunas de estas ayudas pueden
obtenerse en forma gratuita).

Una
vez que empieces un tratamiento no lo abandones. Los logros
son “de hormiga” pero
valen la pena.
Demuéstrale
a tu hijo que lo amas y díselo
con frecuencia, como lo harías con un hijo normal.
No
te avergüences de tu hijo ni lo escondas de la
gente. De nosotros (los padres) depende también que
los demás
los acepten y aprendan a convivir con ellos.
Busca
formas de “desenchufarte” de vez en cuando: pide
ayuda a familiares, busca espacios para ti sola como hacer
gimnasia, deporte ó salir con una amiga.
Confía
en que esta discapacidad no escapa al control de Dios. Si él
lo permitió, te dará las fuerzas
para enfrentarlo siempre que tú se lo pidas.
Cra.
Yudit Ch. de Terzian