La
Iglesia, como Cuerpo de Cristo, está formada por individuos. Personas de ambos sexos, de todas las razas, edades y condiciones configuran el mayor colectivo plural de la historia de la humanidad. Son seres humanos con nombre y apellido que han descubierto en Jesús la opción de la vida eterna y han recibido la Palabra de Dios como guía de sus vidas aquí en la tierra. No hay duda. Formar parte de la Iglesia no es el privilegio de una herencia familiar o tradicional. Uno forma parte de la Iglesia por decisión propia, no porque su esposo, esposa o padres ya estén allí.
Se dice que Dios tiene hijos, pero no nietos.
La
Iglesia es la congregación de todos los santos. Dibuje
un círculo y muchas flechas que apunten hacia adentro.
Eso nos da una pequeña ilustración de que nos integramos
como individuos a la esposa del Cordero de una manera individual
e intransferible. Sin embargo, la
iglesia local, forma palpable y visible de la Iglesia
universal
y atemporal, no sólo está formada por individuos.
Allí nos juntamos matrimonios, familias completas, novios,
viudos, divorciados con hijos y un sinfín
de combinaciones que tienen una realidad social.
Cuando
cruzamos la puerta del templo y entramos a participar de los actos,
servicios o reuniones no dejamos atrás nuestras vivencias (y aun diría yo, carencias) del hogar. Todo lo contrario. La
iglesia local se transforma en la suma de todos los hogares allí representados. No desaparecen los problemas. No se deja de ser padre, esposa, abuelo o hijo. Eso ocurrirá en el cielo, pero en la tierra todos nuestros roles, emociones y sueños
permanecen con nosotros.
Hagamos
un ejercicio rápido (si está dentro de sus posibilidades).
Escriba ahora mismo en un papel una lista de todas las familias
que componen su iglesia, incluso de aquellos que asisten solos. ¿Ya
la tiene? Pues bien, ahora centre su atención en los matrimonios,
es decir, en Fulanito y Menganita. Fije los nombres en su mente. ¿Cómo
viven su fe? ¿Cómo están sus relaciones? ¿Cuál
es el nivel de dedicación al Señor? ¿De
qué manera están
viviendo el evangelio en su mundo?
¿Se
ha dado cuenta de que haciendo este ejercicio hemos cambiando el
sentido de las flechas? Dibuje ahora otro círculo con flechas
que salen de dentro hacia afuera. En realidad lo que estamos viendo
es que la iglesia local no puede dar más que lo que tiene,
es decir, familias y, específicamente, matrimonios
fuertes o débiles.
La iglesia local es una extensión de los
hogares. Lo que sea cada hogar, cada familia, cada matrimonio, eso
será la
iglesia. Usted lo sabe bien. No importa que sean 50 o 10.000 miembros
en su congragación. Siempre será la suma de vidas felices
o de hogares derrotados. Si como familia
se vive la oración,
el respeto mutuo, el testimonio permanente, el sostenimiento de la
obra misionera o la lectura de la Palabra, entonces también
lo vivirá como iglesia. Muchas veces los pastores nos transformamos
en burros (con perdón) arrastrando un carromato lleno de matrimonios,
cuando deberían
ser ellos la fuerza de empuje y la presencia de la iglesia en
nuestra sociedad.
Ese
es nuestro primer reto. Sin dejar de perder de vista que tenemos
una responsabilidad individual delante de nuestro Padre, hemos de
estar conscientes de que el crecimiento o el deterioro de
una iglesia local pasa por la salud espiritual y emocional de cada
hogar. (Continuará) FERNANDO
CAMPILLO
Extraído
de Apuntes Pastorales
Volumen XVII Número 3
Enero-Febrero 2000. Usado con permiso.