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  “Mi esposo me abandonó hace unos meses, y se fue con otra mujer... me siento tan sola, tan triste...”

  "Soy una profesional y trabajo mucho  ayudando a otros que necesitan de mí. Tengo un esposo y dos hijas, pero cuando yo tengo un problema siempre estoy sola.”

 

  "Mi esposo falleció hace poco en un accidente. Aunque tengo amigos y el apoyo de mi familia, la soledad que siento es desesperante.

  “Soy soltera, vivo sola, tengo conocidos, amigos y familiares, pero  hay momentos en que me siento terriblemente sola y vacía.”

 

Estos son sólo fragmentos extraídos de correspondencia que nos llega de personas comunes que buscan una respuesta a sus sentimientos de soledad. Pero estos mismos sentimientos afectan  también a personas famosas y aplaudidas por la sociedad. 

La actriz Greta Garbo, reconocida “diva” del cine de décadas pasadas, en la cúspide de su gloria, escribió a una amiga: “Me siento tan sola.. tan triste... no te imaginas cuánto duele ser tan desdichada e infeliz como yo.” 

Y hasta el gran científico Albert Einstein dijo:

 

Sin duda, el estilo de vida de la sociedad en que vivimos contribuye cada vez más a la soledad.  Porque a pesar del tremendo avance tecnológico para facilitar la comunicación, los seres humanos estamos hoy más aislados de los demás que nunca.

Y aunque en las junglas de cemento en que vivimos todos nos sentimos autosuficientes, y aparentemente nadie necesita de nadie, es un hecho real, comprobado desde el punto de vista médico, sicológico y espiritual, que los seres humanos nos necesitamos unos a otros. 

Porque Dios no nos creó para vivir solos ni aislados de los demás.  Ya desde el principio, cuando creó al primer hombre, El declaró: “No es bueno que el hombre esté solo”.  La soledad fue la primer cosa que Dios vio que no era buena,  y por eso proveyó al hombre de una “ayuda idónea para él”. (Génesis 2:18) Y hasta el sabio Salomón exclamó: “¡Ay del solo!”, porque la soledad que produce la carencia de relaciones significativas y estrechas con otros produce una sensación de vacío que hace estragos en el cuerpo y el alma.

Podemos vivir solas, pero no sentir soledad, si aprendemos a cultivar buenas amistades significativas en nuestra vida. Por otra parte, podemos vivir rodeadas de muchas personas, pero sintiendo una tremenda soledad.

Puede ser que la vida nos obligue a vivir solas , pero no puede obligarnos a ser personas “solitarias”. Porque la persona “solitaria” es alguien que se ha encerrado en sí misma y ha  optado por aislarse de los demás.  Para evitar los sentimientos de soledad debemos aprender a comunicarnos adecuadamente con los demás, esforzándonos por compartir con otros, estando dispuestas a dar y recibir amor, comprensión y ayuda.

Podemos pasar por la vida como personas “solitarias”, llevando la pesada carga de la SOLEDAD.  O podemos aliviar nuestros sentimientos de soledad, convirtiéndonos en personas “solidarias”. Una sola letra de diferencia, pero ¡cuánta diferencia en la calidad de vida! 

Dios no quiere que vivamos en soledad. Pero cuanto más lejos de Dios vivimos, más solos nos sentimos.  Por eso El vino al mundo en la persona de Jesucristo para llenar el gran vacío de nuestra alma.

Luego de morir en la cruz por nuestro pecados y resucitar victorioso sobre la muerte, El prometió a todos los que le reciben como su Salvador: 

“He aquí yo estoy con vosotros, todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20)  

Sólo la seguridad de su presencia constante en nuestra vida nos libra de la terrible soledad de vivir eternamente sin Dios.

Gladys D. de Chadarevian

 

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