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¿Tiene la vida un verdadero sentido?

Yo siempre creí en la existencia de Dios. A los nueve años de edad, y por un período de dos años, asistía todos los domingos a una iglesia donde recibía las primeras enseñanzas bíblicas  acerca de Dios. Allí aprendí algunas historias de la Biblia, aprendí quién era Jesús, cómo había sido su vida, algunos de los milagros que hizo durante su permanencia en la Tierra y algunos de sus mandamientos. 

Los años fueron pasando y con ellos fui atravesando la etapa escolar primeramente, luego la educación secundaria, y finalmente, encaminada a cumplir el sueño de ser abogada, comencé mis estudios en la Facultad de Derecho.

Durante todos esos años, yo siempre creí en Dios, pero a mi manera.

Yo creía en un Ser Superior, Todopoderoso, un Ser Supremo que todo lo sabía y todo lo conocía.

Un Dios Creador de todas las cosas, bondadoso, al cual se podía acudir en los momentos de dificultades.

Durante todos esos años, yo tenía algunos conocimientos de quien era Dios, pero no tenía un vínculo, una relación personal con Él.

No tenía el hábito ni sentía la necesidad de leer la Biblia. Hablaba con Dios cuando atravesaba por situaciones imposibles de resolver por mí misma y entonces buscaba su ayuda. Pero si la respuesta que yo obtenía no era la que esperaba, fácilmente le reclamaba su falta de colaboración. Y cuando los vientos soplaban a mi favor, rara vez me acordaba de agradecerle.

 A los 24 años de edad, comenzaron a irrumpir en mi mente, una serie de preguntas, de interrogantes, de dudas, que taladraban mi ser cada vez con mayor intensidad. 

¿Tiene la vida un verdadero sentido?

¿Es la vida solamente nacer, crecer, envejecer y morir?

 ¿Vale la pena, atravesar tanto esfuerzo y tanta lucha, para alcanzar tal vez, algún logro que será seguramente temporal o circunstancial?

 Dios me había dado una vida llena de privilegios en todo sentido, pero más allá, veía el sufrimiento de otras personas, necesidades a satisfacer, situaciones de vida que podrían considerarse injustas, y entonces la pregunta era: ¿por qué? ¿Dónde está Dios que permite esto?

Fue así entonces, que comencé a buscar a Dios, quería conocerlo tal cual Él es, y para eso, tenía que acercarme a Él.

 

Un día entendí que no hay muchas maneras de creer en Dios.

Comprendí que hay una sola manera de creer en Dios, y es a la  manera de Dios.

 

Ese día entendí que el ser humano separado y alejado de Dios tenía un único camino para llegar a Él y es a través de Jesucristo, quien vino a la Tierra para reconciliarnos con Dios.

 

JESÚS ES EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA.

Ese fue el día en el que decidí que quería vivir de acuerdo a los principios y a la voluntad de Dios, y para eso, era necesario que Dios me transformara en una nueva persona: le pedí perdón por mis pecados, reconocí que Jesús había dado Su vida en la cruz para reconciliarme con Dios y le dije que quería seguir sus pasos todos los días de mi vida. Desde entonces, tenemos un compromiso eterno.

Hoy disfruto entre tantas cosas, de mi profesión como abogada, un sueño que yo tenía desde que era una niña, y que Dios me permitió alcanzar. Pero lo más importante, es que cada día disfruto de su compañía, de su presencia, de sus consejos, de su ayuda en las dificultades, y la esperanza segura de la vida eterna.

Hoy muchas de las preguntas que yo me hacía en el pasado han encontrado respuesta en la persona de Jesucristo. 

No basta con creer “intelectualmente” en la existencia de Dios, hay que creer con el corazón.No hay varias maneras de llegar a Dios:

 El único camino es a través de Jesucristo

Dios nos ha abierto la puerta de la salvación. No es suficiente pues, asomarnos y mirar, es necesario: entrar.

Dice Jesús: “al que a mí viene, no le echo fuera”.(Juan 6:37)

                                                                                             Sabina Barone

 

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