El
gran filósofo francés Descartes llegó
a la conclusión que no podía pensar en cosas profundas si no ponía en
duda todas las enseñanzas recibidas y así fue cómo descubrió formas
de razonamiento aún no practicadas por otros.
Puedo
afirmar que tuve una
parecida experiencia en mi vida.
La familia en la que Dios permitió que naciera me enseñó las
verdades profundas de Dios.
Mis padres eran fieles creyentes, inmigrantes que si bien se
conocieron en el Uruguay donde se
casaron, provenían de tierras lejanas,
de Armenia escapando
de las penurias de la zona en guerra en la década de 1930.
Es así que formaron su hogar
con pocos recursos
económicos pero con felicidad, esperanza, prioridades correctas, pero
por encima de todo, con fe en Dios. Soy la hija menor de cuatro hijos
que nacieron de dicha unión y mis padres me guiaron con rectitud moral,
con un buen concepto de familia y enseñándome de diferentes maneras
a tener una fe práctica en Dios, como era la vivencia
personal de ambos y nos
lo trasmitían cada día. Tuve
una infancia muy feliz, tanto mis padres como mis hermanos me hacían
los gustos.
El
problema surgió cuando llegué a la adolescencia, edad conflictiva
por cierto, de muchas interrogantes y “dudas existenciales”. Me gustaba
estudiar y comencé a dudar de todo lo que con
tanto esmero mis padres
me habían enseñado, en lo que respecta al orden espiritual;
me costaba entender el concepto de pecado y lo que la Biblia
enseñaba en cuanto a que todos somos pecadores y que debemos arrepentirnos.
Y yo me preguntaba: ¿arrepentirme de qué?
Consideraba que era moralmente buena,
que no le hacía daño a nadie, y toda esa línea de pensamiento
comenzó a cobrar vida en mí de forma que comencé a creer que mis padres
eran ingenuos en su fe, que aceptaban las verdades de la Biblia “a
tapa cerrada”, sin un
razonamiento exhaustivo, y que quizá ¿porqué no? algunos de los relatos
bíblicos que “yo muy bien conocía” eran mitos.
A
la edad de 18 años ingresé a la Universidad y puedo decir que fue
un año decisivo en mi vida y futuro.
A través de un proceso, llegué a darme cuenta que mi mente
se cultivaba, pero mi espíritu estaba vacío por no tener a Dios en
mi vida por más que fuera el Dios de mis padres. Tomé entonces la
decisión de pedirle a Dios que entre en mi vida, tomara el “timón
de mi barco”, me guiara en el resto de mi existencia, habiéndole antes
pedido perdón por mis pecados y reconocido a Jesucristo como mi Salvador y Señor.
Hoy puedo decir que fue una
realidad en mi vida y lo seguirá siendo. En
la vida todos los seres humanos tenemos épocas felices y épocas
de sufrimiento. Puedo decir que en la mía todo corría a favor. Pude cursar toda mi carrera
y recibirme joven, sin necesidad de trabajar, pero más adelante pasé
por una etapa difícil, dado que mis padres con quienes tuve siempre
una relación fluida y pacífica, fallecieron: al principio me invadieron
sentimientos de soledad, pero digo con certeza: Dios fue y es mi sostén,
me tomó de los hombros y me guió a seguir mi vida; me mostró que tenía
un propósito para conmigo y si bien perdí apoyos humanos, Dios es
mi Roca, mi Refugio en tiempos difíciles, mi Maestro que me enseña
constantemente el camino a seguir y El me va acompañar hasta la eternidad,
ya que El no muere, es el mismo ayer hoy y para siempre, y tengo la
certeza de la vida eterna por la gracia de Jesucristo.
Transcribo
un versículo de la Biblia: que se encuentra en el Salmo 71:5
“Porque tú oh Señor, eres mi esperanza. Seguridad mía desde mi juventud”.
Esc.Susana
Tahmazián