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Descubrí otra dimensión...

Cuando pienso en la década de los 70, me veo como una joven que había sido educada en medio de una sociedad muy diferente a la actual, tanto política como socialmente.

Vivíamos con mis padres y en 1976 mi único hermano decidió emigrar al extranjero como tantos uruguayos de  aquel entonces.

Eran tiempos difíciles y fue necesario que comenzara a trabajar siendo muy joven, aún no cumplía los 16 y ya estaba enfrentando el mundo adulto con sus demandas. Esto no impidió que continuara estudiando y superándome.

Dios no tenía participación en mi vida, no había espacio para El, creía que con lo que sabía de El me bastaba, había sido educada en la fe católica, por lo tanto iba al cielo, al menos, eso era lo que yo pensaba.

No había tiempo para Dios, estaba ocupada trabajando, estudiando y divirtiéndome.

Hasta que en 1981 sucedió algo que me confrontó con una trágica realidad:  súbitamente mi madre murió.

Yo no supe sino hasta ese momento cuánto significaba ella en mi vida. Mi madre había sido la persona más influyente en mí, quien se había encargado de imprimir los valores morales, de integridad, de responsabilidad y determinación que hicieron de mi una mujer.

No fue igual con mi padre, todo lo contrario, de ahí que a partir de ese doloroso suceso mi vida se transformó, porque en ella ya sólo reinaban la amargura y el odio hacia quien yo demandaba restitución por sus faltas: mi padre.

Y en este estado de oscuridad, ansiedad y desazón, comenzó a llegar hasta mí progresivamente la luz del evangelio; a través de la lectura diaria de un calendario cristiano me fui interesando por un libro que tenía guardado en un estante desde hacía muchos años: La Biblia.

Poco a poco fui descubriendo que lo que mi alma había anhelado, aquel clamor que venía desde lo más profundo de mi ser,  era la necesidad de relacionarme con Dios y yo no lo sabía.

Cuanta más luz recibía, más fuerte se hacía el llamamiento de Dios, hasta que finalmente el  2 de marzo de 1982, rendida de luchar por mis propias fuerzas, fracasada, llena de pecado y de vergüenza caí rendida en los brazos amorosos de Dios y acepté su regalo más precioso: Su Hijo Jesucristo como mi Señor y Salvador.

Comprendí que no tenía otro a quién recurrir sino sólo a aquel que me decía que El era el Camino, y la Verdad y la Vida y sólo podía llegar a Dios el Padre a través de El.

Entendí  que El había pagado tiempo atrás mi deuda de pecado en la cruz del Gólgota, limpiándome con su preciosa sangre, dándome la vida eterna y haciéndome Su hija.

A partir de entonces comenzó una nueva vida para mí, descubrí otra dimensión, la espiritual que me permitía en primer lugar tener una relación con Dios, ya no lo consideraba como el Creador que estaba lejos allá en los cielos, sino como mi Padre, mi Amigo.

Dios se hizo cargo de mi vida emocional, ordenó mi mundo interior y aquel resentimiento hacia mi padre fue extirpado cuando el perdón hizo su efecto en mí.

En segundo lugar esta nueva vida me dio una nueva familia, Su Iglesia, allí he aprendido los principios de vida cristiana junto con todos los demás hijos de Dios y allí le puedo servir.

Cuando miro hacia atrás, les aseguro que no cambio mis últimos 22 años de vida cristiana por los anteriores, pero también se que todo lo vivido  Dios lo ha sabido usar para bien de otros.

Que así sea, que esta también pueda ser tu experiencia.

¡Que Dios te bendiga!

Beatriz Ceijas

 

 

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