Mi
nombre es María Francisca pero me llaman “Paquita”.
El 26
de octubre cumpliré 15 años de mi nacimiento como
hija de Dios, ya que un 26 de octubre, pero de 1991, a los 36 años
de edad, le entregué mi corazón, mi vida, lo que tengo
y lo que soy a Jesucristo.
Nací en
Carmelo, en una familia católica. De bebé me
bautizaron, luego tomé mi primera comunión, fui confirmada
en la misma fe, aunque sólo asistíamos a la iglesia
en ocasiones especiales. Siempre tuve presente que Dios existía,
que Jesucristo nació como un bebé en un pesebre como
se recuerda en Navidad, que en Semana Santa se recuerda su pasión,
muerte y resurrección, y rezaba con pocas palabras, emulando
al cuadro que tenía colgado a la cabecera de mi cama como
una niña, con las manos juntas y de rodillas. Y así crecí,
hasta que tuve por primera vez una Biblia entre mis manos. Alguien
vino a mi casa un día a ofrecerle a mi madre un estudio
bíblico.
Allí pasé de leer historias de vidas de santos,
a ver una Biblia y saber que allí se guardaba algo que debía
saber.
Al cumplir
los 13 años fui a vivir con mi familia
a
Montevideo.
Allí fue donde llegué a tener mi propia
Biblia, la que comencé a leer en forma salteada, pero recurrente.
Pronto se convirtió en mi libro de cabecera, mis padres
no quisieron formar parte de ninguna iglesia, pero visitábamos
en familia alguna de ellas: Testigos de Jehová, Evangélicos,
Mormones...
Mi padre
era vendedor viajero y recorría el
interior del país
con su Biblia en la valija. Pero un día tuvo que ser intervenido
quirúrgicamente, y tras 15 meses de penosa enfermedad, falleció.
Yo tenía 19 años. Recién había iniciado
estudios en la Facultad de Ciencias Económicas, pero de
un día
para el otro tuve que salir a conseguir un trabajo. Mi preocupación
entonces fue el sostén de mi familia, ya que mi madre trabajaba
como operaria en una imprenta, mi hermana mayor como docente en
el interior del país, y mi hermana menor tenía tan
solo 14 años.
Al convertirme en el principal ingreso de mi familia, mi
orgullo, mi soberbia, y mi autosuficiencia, crecieron casi sin
darme cuenta. Sin
embargo en los estudios no me iba muy bien, asistía a las clases
y me esforzaba, pero no era mi vocación y tampoco tenía
facilidad para ello. Pero entre las amigas y las compañeras
de estudio, los años pasaron y debido a que ascendí en
el trabajo, entre otras cosas, llegué al final de la carrera
y me recibí.
Así, transcurría mi vida, entre noviazgos que no prosperaron,
estudios, viajes, y mi familia, que se fue ampliando al casarse mis
hermanas, y con una barra de amigos que iba creciendo y se mantenía
a lo largo de los años. Pero
de pronto ya nada tenía
sentido. El trabajo pasó a ser insoportable para mí,
luego de recibirme ingresé a la Facultad de Ciencias para cursar
la Licenciatura de Geografía, que sí era lo que quería,
y a pesar del poco tiempo disponible, más eficiente me volvía
en los exámenes. Pero no lograba ubicarme del todo. En casa,
entre mis hermanas que ya estaban casadas, y mi madre que viajaba a
España para ver a sus nietos, yo
experimentaba un desasosiego creciente, me volví insoportable,
aunque seguía leyendo
la Biblia, y escuchaba en la radio varios programas cristianos, y también
sentía interés por lo esotérico y asistí a
una serie de charlas de Gnosis, donde afirman que todas las religiones
son como perlas en el collar que conduce a Dios o a la luz o al ser
supremo. Había leído las enseñanzas de Buda, el
Bagavadguita, el Tao Te Kin pero siempre confrontando con la Biblia.
Así fue como encontré textos bíblicos que expresamente
desechaban tales creencias y prácticas.
Me
convencí de que mi única
esperanza en esta vida era el Dios de la Biblia,
pero no llegaba a entender qué lugar ocupaba
yo en todo eso. Hasta que un día de febrero, sábado de
mañana, escuché en un programa de radio hablar de la
necesidad de congregarse entonces empecé a concurrir a una Parroquia
del barrio, y en la misma mañana iba a un culto de una Iglesia
Evangélica cercana. Pero todavía
no encontraba paz para mi vida.
Finalmente
llegó octubre de 1991, y en varios programas
de radio cristianos promocionaron una campaña con un predicador
extranjero, durante toda una semana, insistentemente llamaban a concurrir
a escuchar el mensaje del Evangelio y a aceptar a Jesucristo como Salvador
y Señor. Sin embargo, yo no me decidía. Hasta que llegó el último
día, entonces fui. No recuerdo cuál era el
tema del mensaje, pero si recuerdo que cuando pidieron que
quienes quisieran aceptar a Jesucristo como Salvador se acercaran
hacia donde estaba el mensajero, bajé corriendo las gradas y esa misma noche le pedí perdón
por mis pecados, por mi soberbia, mi orgullo, y reconocí mi
necesidad de comprometerme de una vez y para siempre con mi Dios, mi
Salvador, la esperanza y alegría de mi vida. La
mañana
siguiente, domingo, creo que fue el único día que llegué antes
de hora a un culto!! Estaba impaciente, pero todo
lo que escuché aquella
mañana, me hizo entender que yo era una pecadora sin esperanza
aunque me creía justa, pero que ahora había sido rescatada
por Jesucristo, quien pagó mi fianza en la cruz, quien con su
sangre me limpió de mis pecados, y quien le da sentido a todo
lo que sucede en mi vida, incluso los momentos de pérdidas irreparables,
de desengaños, de pruebas de todo tipo. Después de mi
conversión, recuerdo que en mi trabajo me preguntaban si estaba
tomando algún calmante o algo así, y cuando les conté pensaron
que sería algo pasajero. Lo mismo ocurrió con mis parientes
y amigos.
Algunos
me encuentran después de no verme por algún
tiempo y me preguntan “si sigo con aquella iglesia” y yo
trato de explicarles que el asistir a la Iglesia es
resultado de mi
relación con Dios. Algunas veces vuelvo a tener “ataques
de enojo” pero distan mucho de aquellos: ya duran
muy poco, no queda resentimiento y prima el perdón y la comprensión
que resulta de ponerse en el lugar del otro. También hay momentos
de propio desencanto cuando no avanzo como quisiera. Pero también
estoy comprendiendo que Dios tiene su tiempo para cada persona, él
nos ha elegido y nos llama, y confío en Él. La Biblia
dice: “Separados de mi nada podéis hacer” Juan
15:5 y “¿Quién nos separará del
amor de Cristo?, ....nadie
nos separará de su amor. Estos son dos de mis textos
preferidos!!
Creo
que la Biblia es la Palabra de Dios y es la Verdad. Y creo en las
promesas de Dios por amor a su pueblo y creo en Jesucristo, quien
reina y reinará por los siglos de los siglos. Amén.
¡¡¡QUE DIOS TE BENDIGA!!!
María
Francisca Pérez
(Paquita).