Cuando
tenía
3 años mis padres decidieron separarse. Mi papá se fue
de la casa y nos veía a mi hermana y a mí, los fines
de semana. Esta no es una situación fácil de enfrentar
para nadie, pero mucho menos para dos niñas. Mi mamá tuvo
que ser padre y madre a la vez, criar a dos niñas y trabajar
para llevar una casa adelante. Era una mujer muy cariñosa y
con un gran carácter al igual que mi hermana. Esto hacía
que muchas veces la convivencia fuera difícil.
En tercer
año de secundaria conocí a una compañera
que era diferente a las demás. Tenía un carácter
especial. Nos hicimos amigas y así conocí también
a su familia que era diferente a las que yo conocía. Era una
familia cristiana y cada domingo iban a la iglesia. Un domingo ellos
me invitaron a ese lugar donde se cantaba a Dios y se escuchaba lo
que decía la Biblia. Yo era muy tímida pero fui muy bien
recibida. Había muchas cosas que se decían que no entendía
y otras con las que no estaba de acuerdo. A pesar de eso seguí yendo
solo porque estaba cómoda.
Un
fin de semana se organizó una “campaña de evangelismo”.
Como siempre fui con mi amiga y su familia. Parecía ser una
reunión como las anteriores. Se cantó a Dios como siempre
y se dio un mensaje como siempre. Sin embargo en esta ocasión hubo
algo diferente. Al final del mensaje, el que hablaba, invitó a
aquellas personas que querían ser hijos de Dios a que pasaran
al frente. En ese momento, Dios
me hizo ver que Él me había
elegido a mi para ser una hija suya y que ese era el momento en el
cual yo debía
tomar una decisión. Con lágrimas en mis ojos, me levanté y
tomé la decisión más importante de mi vida, ser
una hija de Dios. Fui entendiendo que Jesús había muerto
en una cruz por mis pecados, y que al tercer día había
resucitado, y que gracias a su sacrificio yo podía ser su hija
porque Él me perdonaba mis pecados.
A partir
de ese momento Dios empezó a
obrar en mi vida. Aprendí más
de Su Palabra, me moldeó mi carácter y me acompaña
en cada situación.
He pasado
por momentos muy felices y también por otros difíciles.
Casi un año después de haber tomado esa decisión
por Cristo, Dios permitió que mi mamá falleciera de un
ataque cardíaco. De forma totalmente imprevista. Fue lo más
triste que viví y aún hoy me siento triste a veces y
la extraño. Solo Dios sabe por qué sucedió. Lo
que si puedo decir es que Dios no me dejó sola. Él me
ayudó, me cuidó, me dio fuerzas para seguir adelante. Colocó personas que me apoyaron y ayudaron. Aunque no sé la
razón por la cual pasó, estoy
convencida de que Dios tiene un propósito para mi vida y que todo lo que me pasa está controlado
por Él.
A mis
15 años tomé la decisión más importante
de mi vida, y no me arrepiento. Sólo gracias a Dios hoy puedo contar
parte de mi vida y es mi deseo que tú también, cualquiera
sea tu situación puedas acercarte a Dios y entregarle tu corazón
para ser su hijo.
¡¡¡QUE
DIOS TE BENDIGA!!!
María Pía
Gonella.