Dios me liberó de la depresión

Desde muy joven tenía inquietudes espirituales y comencé a sentir la necesidad de Dios en mi vida. Recuerdo que cierta vez leí la frase “Fe inquebrantable” pero no sabía donde y cómo encontrar a Dios.

Es así que en mi incesante búsqueda, fui a cantidad de lugares que me aconsejaban, como ser Escuela científica espiritista, con “mediums” que se comunicaban con los muertos, otros de sesiones de futurología, tirando las cartas, me santiguaba, lo cierto que siempre salía perturbada.

Aproximadamente a los 33 años, teniendo un hogar con un buen esposo y una hija, sin problemas económicos, empezó mi tristeza y amargura, somatizando en noche de insomnio, fuertes dolores de espalda. Recorrí médicos que no me encontraban nada orgánico y me mandaron a un Psicólogo al que asistí por espacio de 9 meses, sin cambios, cada vez estaba peor. Tenía irrupciones de llanto, especialmente en las noches, pesadillas tremendas, que despertaba con taquicardias y empapada de transpiración; la depresión me dominaba.

En esos días vino mi cuñada del Interior, radiante y me contó que el motivo de su felicidad era que había entregado su vida a Cristo y era una nueva persona; se notaba en su rostro y me recomendó hiciera lo mismo, fuera a una buena Iglesia, cosa que me fastidió. Hice caso omiso, seguía triste, adelgazando, sin causa aparente. Mi esposo e hija de 11 años me preguntaban qué me pasaba, pero no tenía respuesta. Un día mi socio (buena persona) notando mi angustia, me dijo: “Vos tenés hambre y sed de Dios”. Esta frase fue el detonante, recordé las palabras de mi cuñado (ya habían transcurrido 2 años), busqué el Nº de teléfono de la Iglesia Evangélica Armenia, que quedaba a 8 cuadras de mi casa, pregunté día y hora del culto y me decidí a concurrirla domingo siguiente: 4 de mayo de 1986. Salí de casa caminando, con nuevas esperanzas. De pronto no podía avanzar, una fuerza inexplicable me lo impedía, unido a una opresión en el pecho y garganta e imploré: “Señor ayúdame”. Recobré fuerzas, apuré el paso y llegue a tiempo al culto en el que derramé lágrimas todo el tiempo y no entendí nada. Al finalizar pedí hablar con alguien y me atendió una Consejera que me escuchó con mucha atención, tomó su Biblia y me dio a leer un texto del profeta Isaías Capítulo 1 vers. 18, y allí entendí que era pecadora,  - si bien llevaba una vida moral aceptable – necesitaba pedirle perdón a Dios y entregué mi vida a Cristo.

No puedo volcar en el papel el cambio tan maravilloso que Cristo produjo en mi vida, ya mis lágrimas no son de angustia sino de gozo y paz; comencé a tener esperanza, veía todo distinto aún el verde de los árboles y el azul del cielo; antes veía todo gris; ME QUITÓ LA DEPRESIÓN. Dios me devolvió la alegría de vivir y a 16 años de aquel suceso puedo decir que nunca será suficiente mi gratitud a Dios. Tengo luchas, pruebas, pero Cristo es mi Salvador, mi Consejero, mi Refugio en las horas difíciles y tengo la seguridad de la vida eterna.

Es mi deseo que tú puedas tener la misma experiencia: recibir a Cristo en tu vida.

Ahora sí entiendo “la fe inquebrantable” porque es una realidad en mi vida; Dios dio sentido y propósito a mi vida.

                                                                Teresa García de González

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